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"El mundo no cierra todavía" (Jorge Tamargo)

viernes, 24 de marzo de 2017

MIL PALABRAS PARA MARÍA SALGADO Y SU ABRAZO-ABRAÇO




Acabo de escuchar en concierto a María Salgado. Presentó en la sala Concha Velasco de Valladolid su trabajo Abrazo-Abraço. Un disco que ya tiene varios años de grabado, y que por razones que no alcanzo a comprender del todo, no había sido puesto de largo ante el público de la cuidad donde vive la cantante.

Estoy muy familiarizado con este disco. Lo diseñé gráficamente. Lo vi nacer y crecer. Lo escuché una cantidad de veces que callaré por pudor, y, sin embargo, hace unas horas me sacudió de nuevo, hasta el punto de empujarme a la escritura de esta breve nota de agradecimiento, bien entrada ya la madrugada.

Y es que este trabajo me regala una y otra vez, finamente batidas, (batidas por revueltas, y también por agitadas) algunas cosas que aprecio mucho: la voz de la Salgado, que recoge como ninguna otra, y muy bien puestas al día, las pulsiones culturales más veraces y diáfanas de Castilla y León; la música folklórica de calidad, una de mis preferidas cuando necesito aliviar el espíritu de maleza discursiva; y el eco de una zona que me trae embelezado hace muchos años: Los Arribes del Duero, donde España y Portugal, ante el árbitro más propicio y generoso posible, miden su hondura y trenzan la pena con el gozo por la vida. Amo estas cosas. Y como según Ovidio, todo amante es soldado, me alisto en su defensa contra nadie, simplemente a favor de lo que soy, o, para decirlo mejor, de lo que quiero ser.

Abrazo-Abraço es un homenaje a la música popular de La Raya o da Raia, que es así como llaman españoles y portugueses a ese ámbito geográfico y socio-cultural tan marcado por el Duero, sus riberas, (digamos riberas, por escarpadas que resulten allí) su microclima, su fauna y su flora; y también, por qué no, sus viejos y abandonados puestos fronterizos, sus embalses y sus puentes… Ah, esos puentes, cada vez más oportunos entre dos países de cultura tan próxima y reconocible, pero sobre todo, entre dos riberas que se lavan la cara en el mismo cauce, lidiando los mismos demonios, cantando las mismas canciones.

Quienes no conozcan Los Arribes del Duero, tal vez no me comprendan a fondo. Hablo de un sitio muy especial, del sitio donde el mar pierde su control sobre mí, donde menos lo extraño y necesito. Es el mar-adentro de mi no-playa, el lugar donde quisiera perderme cuando vociferan los moros en mi costa… Y claro, este lugar tiene dos orillas, ambas maravillosas y queridísimas. Dos orillas que nunca se besaron, pero que, de edad en edad, fueron tejiendo el ajuar para un enlace nupcial siempre preterido en las notarias regias; siempre recreado, sin embargo, en los bailes y los cantares de sus paisanos. Es el río el tercero en esta cuita: la frontera, La Raya, la que separa y une, la que debe ser pontificada, y no sólo, ni siquiera especialmente, con piedra o acero.

María y los excelentes músicos (españoles y portugueses) que con ella crearon este sonante abrazo, pontifican sobre el Duero con la herramienta más eficaz posible: la música tradicional actualizada. ¿Actualizada? Sí, estas canciones así arregladas, así interpretadas, guiñan pasado a la vez que trafican con futuro. No tienen ninguna vocación arqueológica. Han sido puestas al día en todos los sentidos que cabe imaginar, para apuntar a un mañana que con suerte involucre y aguije a quienes deberán dilucidar sobre la conveniencia de llevar a término el beso postergado.

No son las antenas parabólicas ni los satélites, tampoco el trasiego de toallas o puestos de trabajo entre ambas orillas, los accidentes que pudieran provocar, en última instancia, tal apetito; son las tradiciones y las creencias compartidas. Porque los hechos guían y marcan el transcurso de la historia, de acuerdo, pero poco pueden en un terreno que no le compete únicamente a ésta. Dijo Proust: Los hechos no penetran en el mundo donde viven nuestras creencias, y como no les dieron vida, no las pueden matar. Y también dijo Sciacca: Un pueblo, como un individuo, no tiene la impresión de renunciar a algo de su propiedad real si acepta un método científico, un grado de progreso técnico. Pero siente que ya no es el mismo si se ve obligado a renunciar a su religión, a su arte, a sus tradiciones. Las dos orillas del Duero, como fue dicho, en Los Arribes comparten eventos naturales y técnicos, pero aquí lo realmente promisorio es que comparten memoria, creencias y tradiciones. Esto es lo que pone en valor María con su Abrazo-Abraço. Esto es lo que de verdad importa.

El concierto me llevó en volandas a La Raya. María estuvo impecable. Como siempre, afinadísima; y como siempre al timón de todas las emociones en liza. Ella es toresana, pero interpreta a la perfección la música y la letra de su frontera más querida. Ella sabe perfectamente con qué sustancia intangible se comercia allí, qué forma debe dársele para rematar el lote. Nos engatusó a todos. También lo hicieron Amadeu, Quiné y César, los músicos que la acompañaron… Cuando salí de la sala, sabía que tendría que escribir sobre ello. No sé por qué de primeras pensé en Pessoa para inspirar mi nota; o sí lo sé, pero no cuajó. Tampoco sé por qué no cuajó; o sí, pero no viene a cuento que me demore en ello. Ni la saudade, ni el desasosiego me mueven ahora. Es Quevedo quien me pide paso. Con él aplaco a mi esgrimista urbanita, y descansadas de los altos templos, vuelven a ser riberas, las riberas. Gracias, María, por la conmovedora pausa, por cimentar mi puente sobre tu abrazo.




Les dejo el enlace para que escuchen Lágrima en la versión de María. Es un fado hábilmente manipulado, o sea, una canción marinera, no ribereña; pero es tan bonita… Las treinta palabras que les debo… Ay, si pudiera cantarlas como ella.      






domingo, 12 de marzo de 2017

ANTONIO GAMONEDA. LA PRISIÓN TRANSPARENTE





Ayer escuché a Gamoneda en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Valladolid. Leyó algunos pasajes de su último libro publicado: La prisión transparente. Resultó tan persuasivo como de costumbre. Su medida lentitud no impide que las imágenes se desmanden en las prisiones ajenas. Gamoneda jamás me aburre, porque escuchándolo recibo siempre, y en mi lengua, (qué privilegio) las últimas noticias del único acontecimiento que bajo cualquier circunstancia considero noticiable: el avatar psicológico que marca el paso del hombre histórico por la garita de su tiempo. Y si vienen de Antonio, como si lo hacen de cualquier otro gran poeta, no recibo estas noticias sobrecargadas de leves anécdotas o graves sentencias, sino igualmente alimentadas por la inteligencia y la imaginación; así, toda ciencia trascendiendo, catapultadas en pos de la verdad poética, la legendaria, la única verdad que se sostiene más allá de su primer altercado con la palabra. La palabra común y perezosa, quiero decir, cuyos dudosos padrinos, o escuderos, según se mire: los sentidos y los conceptos, tan remisos ellos a negociar francamente con el sumo enredo que afecta al hombre, lo empujan más y más a la solución perecedera, al alivio engañoso y eventual; ese que tanto sirve para construir máquinas y carreteras, y tan poco, sin embargo, para insuflar ganas en los espíritus y las almas apetentes. Apetentes no sólo de obras, sino también, y en primer lugar, del combustible idóneo para su motor obrante.      

Ayer lo escuché y hoy lo leí. Sobre ello quiero hablarles. La lectura de este libro, de estos tres libros reunidos, para ser preciso, es uno de esos placeres que los amantes de la poesía no debemos callar. Leer a Gamoneda es leer una vez más, abriendo sus mejores páginas recientes, el Gran Poema que venimos escribiendo a miles y miles de manos, desde que, a través del lenguaje, nos comunicamos los unos con los otros en la historia. Él mismo rescribe una y otra vez, con un afán de perfección innegociable, la misma “estrofa” para ese Poema-Uno. Lo hace desde que dio con el terrible agujero de nuestro tiempo, taladrado, sobre todo, por el nihilismo y el existencialismo. Esto ocurrió, al menos de cara a sus lectores, a mediados de los años setenta del siglo pasado, y fue incoado poéticamente en Descripción de la mentira, uno de los libros que mejor reflejaron en nuestra lengua aquella angustia existencial que entonces alcanzaba su colmo en Occidente, y por ello sentenciaba el fin de un ciclo ascendente (digamos moderno, sólo para simplificar), y el comienzo de otro decadente (digamos postmoderno, con igual licencia). Desde Descripción de la mentira, libro en que pudiéramos decir, con Lorca, y manipulando la intención de su enorme verso para que nos venga bien aquí: la muerte puso huevos en la herida; desde aquel libro, digo, hasta el momento, y con una relativa (relativa, subrayo) excepción en Cecilia, el poemario que dedicó a su nieta, Antonio da vueltas a varios pares dialécticos que en su caso adquieren una doble dimensión metafísica y psicológica: todo y nada / lleno y vacío / existencia e inexistencia / memoria y olvido; pares que distingo para seguir su discurso poético, pero que en el fondo son uno y apuntan a las mismas y últimas preguntas, esas que no se formulan abiertamente, pero que, en mi opinión, provocan en Antonio la verdadera chispa desencadenante: ¿Tiene sentido la vida? ¿Cuál es su sentido si lo tiene? Y la poesía, ¿qué pinta en todo esto? ¿Es ella el vehículo idóneo para que nos preguntemos tales cosas, para que las indaguemos y las  presentemos a los demás envueltas en un fardo memorioso?

Pero si se trata de una vuelta más a la misma tuerca, (ahora me adelanto a la pregunta que pudieran hacerse ustedes): ¿qué interés tienen estos tres libros? Para responder a ello escribo esta breve reseña. Especialmente en los dos primeros, La prisión transparente y No sé, ambos constituidos por poemas unigénitos que internamente se estructuran en actos intitulados, Gamoneda demuestra que sus demonios arrecian. En su caso, la vejez no parece otorgar la tregua que tal vez pretendiera atisbar con el rabillo del ojo, aunque en voz alta dijera hace ya muchos años, en Arden las pérdidas, otro libro cardinal para la poesía contemporánea en castellano: Así es la vejez, claridad sin descanso. Sí, La prisión transparente comienza con el verso: Estoy cansado. Pero a mi juicio, detrás de este verso, o delante, aunque se omita su expresión caligráfica, se puede leer también: Estoy cabreado. Antonio es cada vez más reo del feroz pugilato que libran, entre su frontal y su parietal, la consciencia y la inconsciencia, la claridad y la oscuridad, la memoria y el olvido. Antonio sabe demasiado, aunque todo lo sepa socráticamente. La claridad no le permite descansar y lo empuja a visualizar el vacío desde una distancia inhumana por humanísima. El color blanco que antes se asociaba al final: heridas blancas, animales blancos, geografía blanca… ahora amarillea. El amarillo, presente también en toda su obra, en este libro (éstos libros) trasmuta para denunciar el cabreo y la confusión ante ese final y los recursos disponibles para cantarlo (¿ahuyentarlo?): nubes amarillas, estética amarilla, hipérbaton amarillo. Sí, la herida blanca destila un pus color azufre, y en algunos giros, salvando las distancias, claro, Antonio puede recordarnos levemente, quién lo iba a decir, a Lautréamont con su recelo ante lo demasiado poético. Antonio no es uruguayo, no escribe en francés, no es romántico ni surrealista, pero detecta amarillez en sitios aparentemente destinados a la blancura. Sin dudas ya maduró del todo la angustia que se nos presentó púber en Descripción de la mentira.

Pero Antonio sigue en forma. Ante tales evidencias, sabedor de que nada es verdad y todo es cierto, de que todo es / certidumbre vacía, de que el pensamiento / es inútil por mucho que en Pascal leamos que es lo que dignifica al hombre; sabedor también de que en ciertos casos, / la verdad se excede a sí misma, el poeta promulga, pues, ineludible la fábula. La caña pensante arquea hacia un relativismo radical (¿cómo evitarlo?) donde sólo la fantasía, el juego, la inocencia y el amor ¿insensato?, parecen capaces de apaciguar el dolor de una vida perversa con su inclemente y progresiva transparencia. Entonces Antonio juega. Juega, por ejemplo, a correr la cortina que separa, dicen, la vida y la eternidad. Él sabe que no hay tal cortina, pero juega con su posibilidad imaginada. Y Antonio ama… yo / amo. / No / lo comprendo y / no necesito / comprenderlo: / sucede. / Insensatamente. El poeta ama atenido a lo platónico y a lo concreto. Posa su amor, por ejemplo, en la memoria de María de los Ángeles, a quien dice: pronuncia suavemente / tu espantoso hiato, / pero ven, / ven infinitivamente / hasta que adviertas que ya descanso, no sé, que ya descanso / ajeno / a la sintaxis. El homúnculo pipiante de Celan parece decirle a su amada: La muerte que me quedaste debiendo / la llevo a término. Antonio ama a María de los Ángeles, pero con Góngora sabe que sólo del amor queda el veneno… Y es que todas las mariposas pardean y gastan aguijones cuando la nada acecha.

Antonio juega y ama, pero sobre todo escribe, habla. Nos dice Corine Enaudeau, que el espíritu vive por hablar, no por encarnarse. No es forma, sino soplo. No tiene la plenitud de un don, sino la resonancia de un hueco. El espíritu es voz. Y también nos dice que la memoria y la imaginación son las obreras de todos los delirios. Antonio desencarna poco a poco, pero no deja de escribir. Su espíritu anda sobrado de vitalidad y testarudez. Aunque dice saber que todos los étimos / están / vacíos, el poeta insiste en acorralar con palabras a las preguntas de siempre. Ya sea bajo la amenaza de las multitudes pónticas o de las concertinas del Danubio (¿amarillas ambas?) su memoria y su imaginación, enfrascadas en un agudísimo conflicto psicológico, urden delirios a destajo, y, gracias a ello, cunde / la extrañeza. Y donde cunde la extrañeza, cunde también su estela: la esperanza. ¿Esperanza de qué? Para él, no sé. Antonio nunca estuvo más preso de la transparencia. Intuyo que ahora está cabreado porque la geografía del final no es tan blanca como parecía de lejos. Intuyo que íntimamente repetirá a menudo: Madre: / dame tus manos, lava / mi corazón, haz algo, mientras los sofistas presocráticos, y Kierkegaard, y Nietzsche, y Heidegger, y Sartre, estallan en una risotada consonante.

No sé si tenga remedio la angustia de Antonio. Pero para los lectores de su poesía, para mí, por ejemplo, que lo reconozco como el mayor maestro vivo del castellano, la única esperanza pasa porque, a pesar de todo, no pierda la memoria, (ni tampoco las fértiles ganas de perderla, de acuerdo); pasa porque siga atravesando olvido sin éxito, porque su estoy olvidando no llegue a puerto hasta que… Que me perdone el aludido. Soy egoísta en esto. No seré yo quien demande su apagón intelectual antes de que sea un hecho su apagón biológico. No seré yo quien me relaje o fatigue a destiempo, porque sé que su poesía, amen el daño que le haya ocasionado al poeta la excesiva claridad, está cargada de oscuras victorias. Victorias pasadas y por venir. Victorias que lo situarán junto a los grandes de todos los tiempos y todas las lenguas. Victorias que tienen que ver, no con el registro meticuloso de una zozobra existencial, qué va, esto ya lo hacen otros muchos, sino con el placer que tanto buscan los poetas y los amantes de la poesía, por muy razonantes que sean, y que, según Valéry, excita la inteligencia, la desafía, y le hace amar su derrota. Cada derrota que Antonio le endosa a su soberbia inteligencia vía su exquisita imaginación, nos place, nos abre un poro vivificador. Y según Ortega, (no es literal) ese poro de ignorancia que dejamos abierto en el área pulimentada de nuestro espíritu, nos salvará.

Con relación a la muerte… Bueno, ya sabemos que es patrimonio común de platónicos, cirenaicos, epicúreos, tomistas y nihilistas… de todos. Pero también sabemos, que si el mundo no hace agua, es porque la muerte no es grieta. (Tagore).

Antonio, no habrá grieta bastante para sumir tu obra mientras en nosotros también bulla la imaginación. Porque a pesar de las calamidades que recoge, destila poesía finamente; esto es: imagen, fábula, inocencia, juego y amor. Finamente. He ahí la clave. Porque en la creación literaria, como en cualquier otra manifestación de la fantasía creadora, la forma es lo único terminante. Que se rían los guardianes del cero. En tu nada, y a pesar de ellos, a pesar, por qué no, de ti mismo, relincha el caballo de Odiseo con la panza repleta de memoria incubada. Larga vida a tu condena, a tu prisión, pase lo que pase con las nuestras. Larga vida, maestro.

Busquen el libro. Léanlo. Verán que en esta reseña no hice más que asomarme, por un ventanuco muy estrecho, a sus enormes bodegas. 


     

viernes, 24 de febrero de 2017

STEVE JOBS MUERDE LA MANZANA DE CALIFORNIA





                                                     Sabed que a la diestra mano de las Indias existe una isla llamada                                                              California muy cerca de un costado del Paraíso Terrenal; y                                                                        estaba poblada por mujeres negras, sin que existiera allí un                                                                        hombre, pues vivían a la manera de las amazonas
                                                             
                                                               Las sergas de Esplandián. Garci Rodríguez de Montalvo



Hace algo más de quinientos años que el bueno de Garci, un paisano de Medina del Campo, célebre ciudad castellana que tengo muy cerca, imaginó los aledaños del Paraíso Terrenal en una isla llamada California. Este nombre cruzó el Atlántico a tiempo para posarse sobre una península mexicana, que como si fuera el coxis de la vieja Pangea, desafía al Pacífico desde tiempos inhumanos, y que a la sazón era “recuperada” para el Señorío de Jehová por las huestes de Cristo.

Sospecho (estaría feo decir que estoy seguro de ello, ¿no?) que Steve Jobs no sabía nada de esto cuando de segundas decidió relacionar su sociedad mercantil con la imagen de una manzana mordida. Pero en este mundo nada queda al margen de un guión que nos trasciende como individuos: El ingeniero californiano, ignorando lo que hacía, simbólicamente recreó la aventura culposa de nuestros padres, y en el casi Paraíso de California, mordió el fruto del árbol del bien y del mal. Al parecer, no lo hizo desnudo, sonsacado por una mujer que antes hubiese sido sonsacada por una serpiente; no tuvo que esconderse, ni fue reprendido a viva voz por el Creador. Pero a pesar de su trayectoria, digna del protagonista de un Cantar de Gesta para robots japoneses, él también fue apartado (por Él) del fruto de aquel otro árbol tan caro a todos nosotros, los pecadores: el de la vida. Como diría Rilke: no somos más que pequeños cementerios adornados con las flores de nuestros gestos fútiles.

Aquella primera mordida de Steve, recorrió el mundo en pocos años. Lo hizo a caballo de una imagen propia de nuestro tiempo: una mancha plana y casi siempre negra que se resolvía (resuelve) en su abstracta silueta. Pero la imagen no voló sola, sino por delante de una empresa de éxito que colocó sus ideas y sus aparatos en el corazón (¿corazón?) de media (¿media?) humanidad. Sí, en una época como la nuestra, donde el ingenio sacrifica al genio y ofrenda sus vísceras al contable, casi todos tenemos, como la Condesa Arese que tanto decepcionó a Fóscolo: un pedazo de cerebro [¿cerebro?] en el sitio del corazón… Aquella mancha-manzana negra y menguada, que no menguante, creció y crece sin parar. Actualmente tiene un nicho de mercado (vean qué vocabulario tan moderno tengo) que linda con la estratosfera; qué digo, linda con el más allá del sistema solar. Sin embargo, todos sabemos, o debíamos saber, que por muy desarticulado que corran nuestro mundo y su tiempo, los grandes hombres en el fondo siguen teniendo un ideal egipcio, al menos en lo que toca al sueño de una impronta propia inmune a la caducidad. Y una impronta de este tipo, sobre todo en un orbe tan mobile como el actual, no se puede confiar a una mancha de tinta, o de píxeles, o de vectores, por muy sugerente que ésta resulte. Steve necesitaba una “Pirámide”, esto es: una obra de arquitectura capaz de dar a su mordida un buen salvoconducto que presentarle al futuro.

Claro, Steve era un ingeniero, un empresario. Es cierto que tenía y tiene una prensa muy especial (para muchos era el bueno en aquel binomio de Galileos supuestamente emergidos del garaje de una vivienda unifamiliar, para otros era un visionario que devino santón; para algunos era un líder del mundo tecnológico felizmente atrapado en el alma de un diseñador, para los más afectos era, incluso, un gran artista) pero en realidad era un ingeniero, un empresario, no más. No podía imaginar su “Pirámide” con los presupuestos de un filósofo, un sacerdote, un teólogo… en fin, un humanista. Steve concibió un edificio de planta circular que remedara un ovni, o una nave espacial extraterrestre, cacharros alegremente imaginados a lo largo del último siglo, que, no sé muy bien por qué, la gente relaciona con formas circulares. Así que su “Pirámide” voladora, muy achatada en los polos, muy abultada en el Ecuador, y además, hueca en su centro, tendría que avenirse a esa forma. Este círculo, no fabulemos, nada tiene que ver con el círculo titánico que representa un eterno movimiento temporal sobre sí mismo; ni con el círculo pitagórico que pretende unir el principio con el fin buscando también la eternidad; ni con el círculo vicioso que representa la idea que se funda una y otra vez sobre sí misma; ni con el complejo concepto del círculo-imagen de Dios, de san Buenaventura, para quien Dios es como un círculo cuyo centro está dondequiera y la circunferencia en ninguna parte; ni tampoco con los círculos dantescos, que determinan estratos morales en una sociedad bien estructurada bajo normas de ese tipo… No, el círculo de Steve es, sencilla y llanamente, la recreación de una imagen fantasiosa recogida en la literatura y el cine de ciencia ficción, que como mucho pretende generar, en el aspecto más práctico y empresarial posible, un ámbito para intensas y convenientes relaciones sociolaborales. En este sentido Steve entronca más con Ford que con Aristóteles, por supuesto. Su círculo anillado es una forma tan válida o inválida, según se mire, y tan intrascendente desde el punto de vista sígnico-simbólico, como lo puede ser la forma también circular de la galleta María, o la forma anillada del donuts. De esto no lo salva ni Foster, arquitecto pulcro, sí, y también capaz, pero con un alma tan ingeniera, que muchas veces confunde poesía con alta tecnología.

Hasta aquí, todo relativamente aceptable. ¿Por qué íbamos a pedir a Steve que pensara como lo que no fue? ¿Cuántas obras de este tipo, y con menor ambición aún, merecen ahora el interés de la prensa, y de quienes, siguiéndola, son incapaces de desplegar el pensamiento crítico? Sucede, sin embargo, que el sueño arquitectónico de Steve, su heterodoxa “Pirámide”, no se quedó en un edificio de dimensiones comunes. Al parecer, el símbolo de su mordida debía ser visible desde las fronteras mismas de su mercado: el más allá del sistema solar, recuerden; porque lo que están a punto de inaugurar en Cupertino pudiera competir ante la vista de los satélites con la Gran Muralla China. Les ofrezco algunos datos:     

- El anillo que contiene el edificio principal ocupa 26 hectáreas; tiene un diámetro de casi 600 metros.   En su interior cabría tumbado cómodamente el Empire State; cabría el mismísimo Pentágono.
- El conjunto al completo ocupa 70 hectáreas
- Dará cabida a un colectivo de entre 12.000 y 14.000 trabajadores
- La obra cuesta 5 billones de dólares

Busqué en mis alrededores un ejemplo con el que poder comparar esta locura. Encontré la cuidad de Ávila. Vean:

Ávila, que aprovecho para presentar groseramente a quienes no la conozcan, tiene un centro urbano amurallado que ocupa 33 hectáreas, sólo siete hectáreas más que el anillo de Steve. En este centro amurallado viven unos 15.000 abulenses, cifra que se acerca a la cantidad de trabajadores que se pretenden reunir en el conjunto de Apple. Ávila entera ocupa, más o menos, las mismas 70 hectáreas que el llamado Apple Park. Ávila tiene 56.000 habitantes, los mismos que Cupertino completo, que quedará reducido por el sueño arquitectónico de Steve a mera textura de tejados sobre el terreno. Claro, Ávila, con todos mis respetos, no es Cupertino, es una ciudad fundada como castro fortificado por los romanos, por la que han pasado, y en la que de alguna manera han convivido a lo largo de más de 2.000 años, además de los propios fundadores: primero, sus coetáneos y coterráneos en la península ibérica: indoeuropeos, íberos, celtas; y después: visigodos, judíos, musulmanes y cristianos. Apple Park se ha levantado de golpe, en muy pocos años, remedando a una nave extraterrestre. Esa es la gran diferencia. Ávila es una ciudad hecha con tiempo y cultura, una huella perfecta de compleja humanidad. Apple Park es una maquinaria simplona para producir ideas que conducen a la cacharrería, (sí, los cacharros pueden ser sofisticados, quién dice que no) una mole de cemento y acero (no se dejen engañar por las imágenes de su elegante piel, su osamenta y su musculatura son puro hormigón armado) hecha, sobre todo, con prisa y dinero.


  

En esta obra la escala no sólo resulta cuestionable, (digo cuestionable para ser cortés) sino también contradictoria, muy contradictoria. Podría extenderme mucho en este punto, pero intentaré ser breve para ceñirme a la lógica de un cuaderno digital, y no abusar de los posibles lectores.

El talante egipcio, que, en cuanto a la impronta pretendida, demuestra tener el Apple Park, y que debemos relacionar: en primer lugar, con la idea de perseverancia en el tiempo por encima del costo, o de cualquier otra consideración posible; y en segundo lugar: con la idea de un reposo equilibrado, casi zen; esta idea de un descomunal anillo centrípeto, delicada y serenamente posado en una vasta extensión de tierra, inserto en un bosquecillo artificial very british, digo, entra en franca contradicción con la idea paradigmática de nuestra época, que tiene que ver con la expansión centrífuga de conceptos inconexos y perecederos que tienden al corre-corre desestructurado, a la autofagia. Ya a mediados del siglo anterior, muchos pensadores nos avisaban de ello (¿qué dirían ahora, madre mía?). Jules Chaix-Ruy, por sólo citar un ejemplo, apuntaba entonces: Todo parece desvertebrarse, dispersarse en la búsqueda de una intimidad huidiza; ya no hay estructura, ya no hay realidad, sólo un juego de apariencias en espejos deformantes. Incluso en décadas anteriores, (me estiro y cito a otro) vean lo que dijo Benjamín a la vista del cuadro Angelus Novus de Klee: Esta tempestad le arrastra [al hombre] inexorablemente hacia el futuro que tiene a su espalda, mientras el montón de ruinas crece ante él, hasta tocar el cielo. Esta tempestad es lo que llamamos progreso.

¿Pero acaso Apple no es una empresa puntera entre las causantes de esta debacle? ¿Acaso no es un adalid del tempestuoso progreso, y también del juego de apariencias en espejos deformantes? Si Apple lleva el pendón en la carrera desbocada a que nos vemos sometidos por una ciencia (experimental, sobre todo) que en contubernio con la economía de mercado, no nos deja respirar de sobresalto en sobresalto, licuando el tiempo, más aún, gasificándolo en aras de la tecnología por la tecnología, ¿cómo casar su ejecutoria con la imagen atemporal, sosegada y bien estructurada de su Templo? ¿No debiera ser este conjunto un símbolo de lo efímero, progresivo y cambiante? ¿No debía estar constituido quizás por un grupo de unidades precariamente implantadas en el terreno, débilmente articuladas entre sí, sometidas a una estructura flexible y abierta que permitiera la constante mutación, y no sólo en sus espacios interiores, sino también en lo referido a su relación con el entorno? Está claro que vivimos una época de grandes confusiones. ¿Es ésta la arquitectura adecuada para albergar una mano de obra robótica con carta de ciudadanía interestelar? ¿Acaso este enorme edificio circular se podrá librar del envejecimiento implacable al que parece estar sometida toda obra humana en esta época transhumanista? ¿Qué será de él en el imperio de la inteligencia artificial huída de una Tierra estéril, deshabitada? ¿Cómo soportaría esta mole los dictados del holograma? A pesar de aparentar lo contrario, ¿tiene la obsolescencia programada? Pero si se acaba de descubrir un nuevo sistema “solar” a cuarenta años-luz de nosotros, y ya muchos babean porque se encuentre agua en él para poder incoar el pionerismo interplanetario, ¿por qué Apple parece construir para tanto tiempo en nuestro planeta? Por cierto, permítanme un pequeño paréntesis sobre el nuevo sistema “solar” descubierto.

Abro: Resulta que su “sol”, una suerte de estrella-bebé, ha sido nombrado con un acróstico: Trappist-1, en referencia al Telescopio Pequeño para Planetas en Tránsito y Planetesimales, que deben tener en función de este tipo de investigación los observatorios robóticos de la Universidad de Lieja, en Bélgica. ¿Pero a quién pudo ocurrírsele esto? ¿Es una broma? Todos los amantes de la cerveza sabemos que el verdadero Authentic Trappist Product es el sello de calidad para las cervezas fabricadas desde tiempos inmemoriales en los monasterios trapenses, sobre todo belgas… Bueno, tal vez sólo desde una perspectiva cervecera, (río) se pueda entender que el Apple Park, un conjunto que formalmente muestra tantas ansias de un futuro terrestre, sea compatible con el mundo que ayuda a construir la propia empresa en cuestión, tan condenado a sus antípodas. Cierro y sigo:
     
La jerigonza de la tecnocracia jamás se detendrá seriamente en las preguntas que hice antes del paréntesis. Steve Jobs será loado, también, por aterrizar su problemático sueño, al costo de cinco mil millones de dólares, en su propio Paraíso Terrenal, que nada tiene que ver con la isla que imaginó Garci Rodríguez de Montalvo, ni con la California real, ni mucho menos con Cupertino. Sí, los nuevos gerifaltes del mundo tienen licencia para contradecir con sus obras, el discurso en que se apoyan éstas.

Pero muchos dirán que este conjunto es ejemplar frente a la naturaleza, que es energéticamente autosuficiente, o casi; que a través de la alta tecnología logra un impacto ambiental moderado… Mentira. Está muy bien que una actuación tan invasiva intente atenuar su perniciosa repercusión en el medio urbano y natural, por supuesto. Pudo ser peor en este sentido, lo reconozco. Sin embargo, no debemos hacer de palmeros acríticos ante semejante distracción.         

Un conjunto como éste, por mucho bosque que recree, por mucha energía solar que utilice, por mucha climatización activa que evite, jamás podrá ser ambientalmente positivo. Primero, porque su implantación mastodóntica supone una modificación brutal del entorno, y va en contra de una colonización urbana tan cercana a la Cuidad Jardín residencial, como la que tiene Cupertino. Así que la primera contaminación que introduce, vía escala y vía tipología, es la visual, la netamente cultural. Segundo, porque la concentración de personal que supone implicará unos flujos humanos diarios enormes, con la consecuente necesidad de una infraestructura de transporte intensa y concentrada, y los consecuentes desplazamientos de vehículos, también intensos y concentrados. Tercero, porque la construcción de un conjunto como éste, supone en sí misma un gasto energético descomunal. Sólo hay que mirar el movimiento de tierras que ha sido necesario, y a ello sumar que posiblemente haya requerido más hormigón armado que muchas de las presas que conocemos, y que los materiales empleados no se encuentran en los bosques y las playas de California; han debido llevarse hasta allí procedentes de medio mundo a un costo altísimo, también en cuanto a lo que contamina el transporte internacional. Cuarto, porque la plantación de los árboles, la mayoría de ellos adultos y moteados, (en este mundo veloz, no sería precisamente Apple quien tuviera paciencia para que los árboles nacieran y prosperaran con naturalidad) implica un gasto inmenso; además, de algún lugar habrán sido sustraídos para generar esa especie de artificioso micromundo. ¿No hacían falta allí donde estaban? Y quinto, porque ese conjunto, con sus jardines incluidos, demanda una enorme cantidad de agua, y como todos sabemos, en California no llueve demasiado. Claro que es bueno, insisto, que se emplee al máximo la energía solar, que se prescinda de aire acondicionado, que se aporten zonas verdes, pero esto no es suficiente para declarar libre de culpa medioambiental a semejante mastodonte de hormigón.        

Confieso que nunca tuve hasta ahora un aparato de la marca Apple. De momento, no lo he necesitado. Pero también confieso, que amén todo lo dicho hasta aquí, Steve Jobs, a quien sólo conozco a través de la prensa, siempre me pareció brillante y amable, un buen tipo en el fondo, vaya. No lo imagino sacrificando niños a Moloc. Nada tengo en contra de su marca, que no tenga en contra de otras que participan de igual manera, pero sin tanto éxito comercial quizás, la demasía del mundo tecnológico actual que nos aboca a negarnos como seres humanos; que, por ejemplo, nos ofrece infinitas vías de comunicación, y sin embargo, en buena medida nos incomunica cada vez más, nos aleja progresivamente de todo lo que no implique consumo.

El gran anillo que Apple acaba de plantar en Cupertino, es un símbolo de todas las contradicciones que suponen los dilemas entre nuestras pulsiones cultural y civilizadora, entre el humanismo y el progreso tecnológico, entre la desestructuración creciente de los marcos éticos tradicionales y la sincronizada globalización mercantil, entre la preocupación por el cuidado de nuestro entorno habitable y la concentración del poder económico, entre un tempo humano y otro pautado por un consumo desmedido… Muchos babearán ante esta obra, lo sé. Por eso me esfuerzo en reunir algunas pruebas en su contra. Este conjunto es una verdadera mordida a la manzana de California. Tal vez no sea California la isla próxima al Paraíso Terrenal que imaginó Garci Rodríguez de Montalvo en Las sergas de Esplandián, donde vivían mujeres negras y solas al modo amazónico. Tal vez aquel libro mintiera, y por esa razón el cura, que pretendía liberar de demonios la biblioteca de Alonso Quijano, lo condenara a la hoguera con la aprobación de la sobrina del loco y del barbero. Porque Cupertino no está  a la vera del Paraíso, precisamente por eso, ahora mismo en sus arrabales orugan los tanques (Celan). Debemos ser conscientes de ello, y aunque parezcamos trasnochados, aunque sólo sea por contrapesar el delirio prometeico que sin cesar nos corroe, debemos poner en valor los sedimentos de una implantación humana como la de Ávila, frente a otra como la de Apple Park. No vendrían mal un poco de cordura y otro de humildad. Como diría un cómico del cine y la televisión españoles: un poquito de por favor.

En tal dirección, termino con un par de ideas de la abulense más afamada: Santa Teresa de Jesús, quien se consideraba a sí misma como una torre de viento, o sea, como algo muy poco consistente y pasajero frente a lo eterno-infinito. Y quizás por ese motivo, tenía una relación muy distinta de la que tienen tecnócratas y mercaderes con las posesiones, y con el supuesto poder que éstas otorgan a los idiotas… Tenemos un cielo en el patio, mucha cosa, decía a sus monjitas. La hubiera aplaudido Steve Jobs, estoy casi seguro, de haberla escuchado en las graves inmediaciones de la meta.



viernes, 10 de febrero de 2017

EVO, EL AIMARA: CAMARADA POSTMODERNO





Hace tiempo que no hago crítica arquitectónica. Se construye tanto, y sin embargo hay tan poco que apreciar… En fin, me hice a un lado. Bastante tengo con cubrirme nariz y boca, ante la polvareda que emana de la enorme pila de escombros que levantamos bajo un desacreditado salvoconducto disciplinar: el título de arquitecto. Ah, la arquitectura, como siempre nos enuncia y explica a la perfección. Así que padezco una modorra que anestesia mi temperamento analítico, y que rara vez salta disparada por el descubrimiento de una obra poco difundida, o por el “desvarío” de un artesano anacrónico, Zumthor, por ejemplo. Estoy al margen, al menos como agente palabrero. Pero coño, hay cosas que espabilarían al más perezoso entre los perezosos: ¿Han visto el Museo de la Revolución Democrática y Cultural que levantó Evo Morales en Orinoca?     

Alfonso Reyes recogió a principios del XX un chiste finísimo de un humorista cuyo nombre no conozco. Aquel cómico se mostraba convencido de que si diez millones de monos tecleasen durante diez millones de años en diez millones de máquinas de escribir, alguno de ellos terminaría por readactar el Discurso del Método. Puedo aceptar esta hipótesis, aun con toda la ironía que encierra. Diez millones es un número muy elevado para monos, máquinas de escribir y años que operasen a expensas de las probabilidades. Sin embargo, dudo sinceramente que los mismos diez millones de monos, puestos a levantar paredes y techos durante el tiempo dicho, lograsen dar con un edificio como el que se regaló a sí mismo el “hermano Evo” en su pueblo natal. Lo dudo, porque tuvieran que ser monos muy afortunados, pero también muy locos, víctimas de un cacao mental impropio de estos animales, que necesariamente los conduciría a la locura o el suicidio antes de que pudieran dar con su carambola.

Para producir un edificio como éste, sin que sean necesarios diez millones de artífices trabajando durante la misma cantidad de años en su búsqueda, y mucha, pero mucha suerte; se debe ser un aimara iniciado en el marxismo y el maoísmo por un holguinero. Con el marxismo, tendría el aimara que haber recibido, filtrados por su mentor, como mínimo a Demócrito, Leucipo, Epicuro, Hegel y Feuerbach; insisto, filtrados por el holguinero, que de todo esto no tiene ni puta idea. Con el maoísmo, tendrían que haberse inoculado al susodicho por la susodicha vía: el leninismo, el trotskismo, el estalinismo y el Tridemocratismo de Sun-Yat-sen. Pero además, añadidas al marxismo y al maoísmo, el aimara tendría que haber obtenido del ignorante holguinero dos propinas de gran interés: el pragmatismo y el positivismo, más aún, el positivismo lógico; y también el eclecticismo oportunista en lo filosófico y lo teológico de los jesuitas. Si con todo ello el aimara no hubiese llegado a enloquecer, lo habría hecho sin escapatoria, cuando a su natural inmanencia, chamánica y animista, se le hubiese añadido la trascendente jerigonza bolivariana, que donde dice Napoleón, tacha para poner, por ejemplo: Jesús de Nazaret, o incluso Chávez.      

¿No comparten mi compasión? ¿Cómo podría asimilar todo lo regalado por su mentor esa pobre cabecita? ¿Y cómo podría trasmitirlo a su arquitecto?, a quien supongo un ignorante lameculos, que mientras su cacique intenta digerir semejante cóctel sin que se le note achispado, sólo visualiza formas postmodernas… ¿Pero cómo llegó el postmodernismo a Orinoca, madre mía, con tal contundencia? Qué desgracia. Qué lío para ese pequeño asentamiento donde habitan unas seiscientas cuarenta almas que apenas pretenden, seguro, vivir en paz; vivir más y mejor, por supuesto, como todos, pero en paz. Porque algunos de ellos, los más tardos tal vez, sólo verán inminentes ventajas, (turismo trasnochado, traficantes de coca…) pero otros ya estarán lamentando que el iluminado Katari (Ibo Katari, que es como decir Evaristo el víbora, debe ser el verdadero nombre del “hermano Evo”, y esto es un dato, no una broma) haya venido a nacer en su Orinoca: ¿pecado bastante para merecer ese escupitajo de La Pachamama?

Una indigestión enorme hace falta para vomitar de tal manera, a cuatrocientos cuarenta kilómetros de la capital, en una zona semidesértica, pobrísima y casi deshabitada, pagando además siete millones de dólares; ese montón de cajitas o cilindros mal articulados y decorados con pegotes zoomórficos. Sí, miren bien, el engendro tiene múltiples cuerpos, pero pretende que distingamos tres zonas: la central, alegórica a la llama, y las dos laterales alegóricas, al armadillo la una, y al puma la otra. Sí, esa máscara orejuda debe representar a una llama humanoide; y esa suerte de cuerpo telescópico busca recrear a un armadillo; y al otro lado, como si estuviera patrocinada por la casa Lego, aparece una abstracción colorista y geométrica de media jeta de un puma empotrada no se sabe dónde. Todos los animales con sus orejas en pie; miren bien, como muy atentos ellos, como pendientes de cualquiera que pueda reírse de su lamentable trance. ¡Cuidado con la risa! Estas figuras degeneradas, producidas por un Occidente juguetón en lo formal y fatigado en el fondo, aquí pretenden resultar alegóricas con relación a tres bestias sagradas para los aimaras: el puma, emblema del pastoreo; el armadillo, emblema del comercio; y la llama, ¿emblema de lo doméstico? Sí, el sujeto en la era del karaoke no es necesariamente una fuente de originalidad creativa, que diría Daniel Innerarity. Mucho menos, si opera tan perdido, que se caga en los símbolos que pretende poner en valor. Porque ¿podrá gustar a los habitantes de la zona este museo levantado en aras del camarada Evo? ¿Podrá activar en ellos los resortes de la identidad? ¿Podrá llegar a sintetizar formalmente sus necesidades y aspiraciones culturales?

Los aimaras siempre fueron acosados por las etnias del norte, (guaraníes, arahuacos, incas, etc) pero ellos, y las culturas que le son más afines, tuvieron tiempos mejores. Vean la selección de piezas que expongo, extraídas de la arquitectura y la cerámica de Tiahuanaco, también de la cerámica mochica. Esta gente tuvo una gran imaginación, y un no menor oficio para formalizar sus visiones más caras. Claro que usaban y mezclaban motivos antropomórficos y zoomórficos, pero con mucha gracia. ¿O no? Y además, su imaginario no era casual, tenía mucho que ver con los ritos de fertilidad. ¿Es que el “hermano Evo”, quien ya se puede considerar reincidente (recuerden el regalo del crucifijo-hoz-martillo que le endosó a Francisco Primero) no conoce las tradiciones de su propio pueblo? ¿Acaso su mentor holguinero logró suplantar la coca en su rumia y el Titicaca en su chola, con aquel mejunje ideológico que apenas le deja espacio para el chándal, el fútbol y la patética tribuna del “Socialismo del Siglo XXI”, desde donde discursea a escala faraónica con formas ajenas al (y enemigas del) indígena que dice defender y representar?      




Bueno, algunos se preguntarán: ¿Por qué contestar al “hermano Evo”, lo que se ensalza en otros reyes y emperadores? Por ejemplo: ¿por qué no puede el iluminado Katari hacer lo que hicieron los atenienses en el Erecteón con aquellas mujeres de Caria castigadas a trabajar como columnas de por vida? ¿Por qué no se critica de igual manera a los faraones que combinaban formas antropomórficas y zoomórficas en sus esfinges? ¿Por qué no puede el adalid de los aimaras, emular a las arquitecturas románica y gótica que reproducían los relatos bíblicos en gárgolas, frisos, cornisas, capiteles y pórticos, con aquellas figuras petrificadas, a veces tan dramáticas y hasta pornográficas? ¿Por qué no aceptamos las máscaras de su engendro, y sí los lagartos y dragones en las costosas ensoñaciones de Gaudí? ¿Por qué no nos molesta de igual manera la extravagancia de Juan O’Gorman en la Biblioteca Central de la UNAM, que (im) puso un historiado traje regional a una simple caja de zapatos que apenas admitía un corsé minimalista? Bueno, miren bien el edificio de Evo, comparen y respóndanse. 

Lo cierto es que la iconografía moralista (o katarista, no se me ofendan los cántabros, porque el apellido Morales es en origen suyo) carece del más mínimo atisbo de espiritualidad. Esa llama, ese armadillo y ese puma están vacíos de sí mismos. Parafraseando a Benn: guiñan altiplano y echan Holguín por la boca, que es como decir: escupen a la cara de quienes pretenden honrarlos. Aquí, el insulso postmodernismo de las formas canta a la decadencia de Occidente, (que hace propia) y está mucho más cerca de la arquitectura doméstica más comercial y banal de los años ochenta del pasado siglo, que de cualquier otra arquitectura con pretensiones identitarias, didácticas o sacras.
              



Otros se preguntarán: Si Akenatón, apoyado en Nefertiti, se cargó las bases del imperio egipcio y fundó una ciudad homónima en pleno desierto para adorar a Atón; si Kubitschek fue capaz de levantar Brasilia en un descampado contra viento y marea, ¿por qué Evo no puede hacer lo mismo en Orinoca, comenzando por un museo donde la llama, el armadillo y el puma se agolpen para mayor gloria de su propia figura histórica?

Ah, como diría Juan Ruíz: anda devaneando el pez con la ballena, aunque en este caso, el pez sea tan estúpido, que no lo sepa, o tan oportunista, que lo pretenda a sabiendas de cuál será el resultado de sus devaneos... Aimaras, el Museo de la Revolución Democrática y Cultural (¿se puede ser más rimbombante y ridículo?) les cuenta a gritos justo lo contrario de lo que quiere que lean su valedor. De entrada, deja claro cuán grande es su menosprecio por la gente a quien dice representar: ustedes. Ya lo dije en un artículo anterior: tienen al enemigo en casa. El iluminado katari lleva en su mochila el norte más rústico y soberbio. Y ese norte, portador de la semilla imperial que dice repeler, ya puso a sus diez millones de siervos a imitar a los monos. Si de esa manera es capaz de producir un edificio como éste, ¿qué no podrá hacer cuando hasta la llama, el armadillo y el puma sólo sean parte de su séquito?

Aimaras, quizás sea el momento de abrazarse a las estatuas, no lo sé, pero cuidado: en Orinoca les han plantado un Caballo de Troya. Es feo, muy feo, y además malo, muy malo. Si lo alimentan, pudiera desembuchar a los peores demonios. Ustedes verán. No me extrañaría escucharlos decir en unos años lo que aquel esquimal, que preguntado por sus creencias religiosas, dijo: Nosotros no creemos, nosotros tememos

Cuentan que una dama inglesa del XIX, enterada de las teorías de Darwin, preguntó a su marido: ―ah, ¿pero entonces es cierto que todos somos iguales y provenimos de los monos? Cuando el hombre le respondió que así era, la dama rogó: ―por favor, que no se entere la servidumbre… Entérense, aimaras, entérense. Ni siquiera Castro, el mismísimo mentor holguinero del “hermano Evo”, fue capaz de levantar un museo como éste. Y eso que lleva sesenta años aguijando a sus diez millones de monos, hombres nuevos, quise decir. Por primera vez en los últimos cinco siglos de vil explotación occidental (o de ausencia de la candorosa protección inca, según cómo se mire) un burdo remedo de Aquiles vive camuflado entre ustedes. Corre contra la tortuga con la camiseta local, sin más meta a la vista que su propia divinización. ¿Eso quieren?


martes, 10 de enero de 2017

ROBOT POETA






En los últimos días del pasado año, encontré en la prensa un artículo sobre poesía escrita por robots. Al parecer, el ingeniero Pablo Gervás ideó un programa llamado Wasp, que produce poesía cibernética. Su robot-poeta ha llegado a escribir cosas como las que siguen (en la onda de Lorca, dice el padre de la criatura):

Yunques ahumados
sus muslos se me escapaban como
peces sorprendidos
la mitad llenos de alas.

Puede que el bueno de Pablo le diga a su obediente poeta: ―ahora, como Lorca; o puede que le diga: ―adelante, por bulerías; o, ―atrévete, por seguiriyas… Quién sabe si basta con que le dé unas palabras-clave: Lorca y erotismo, por ejemplo, para que el robot llegue a escribir, sin más ayuda, estrofas como la mostrada.

Claro, me asaltan varias preguntas, y algunas de ellas son confesables aquí: 1. Si casi nadie lee a Lorca, ¿para qué necesitamos a un poeta que lo imite, sea éste animal o máquina? 2. Si ya somos más los poetas que quienes no lo son, (para comprobarlo sólo hay que echar un vistazo a las redes sociales, y a los catálogos de las editoriales que cobran por publicar lo que aquéllas, amenazantes, avanzan) ¿para qué necesitamos réplicas maquinales? 3. Si la poesía importa un pito a la mayoría de los mortales (casi todos somos poetas sin leer poesía, por raro que parezca); ésta, la robótica, ¿estaría destinada a los perpetuos? 4. Si la respuesta a la número 3 es afirmativa, ¿como público se piensa en los dioses, o en los propios robots que vendrán a suplantarnos? 5. ¿Acaso estamos alumbrando a los poetas de un futuro que nos excluye; o, sencillamente, este Pablo Gervás, cuyo sentido del ridículo es más liviano que el éter, intenta gastarnos una broma? 6. ¿No será este señor una especie de cíborg: un japonés medio cableado que adopta la apariencia de gato (gatos, se llaman a sí mismos los muy madrileños) para camelarnos? Vean otro poemilla de su duende cibernético:

Engalanados por los derechos
del niño indígena. Apago soles.
Concluido el objetivo que exista
todo el mes para que ya sin nombre.
Dichosa puerta que nos transforman.
Solidaridad vocación. Hombres.

Sí, rían conmigo: Este poeta es noticia. La prensa nacional lo está promoviendo. Sus versos apuntan al Nóbel, porque las palabras hombres y solidaridad, así, bien juntitas, tienen un poder tremendo para encantar a los académicos nórdicos. Todo se andará… Rían conmigo, pero no demasiado; quiero decir: después de reír, enfádense un poco, porque semejante estupidez no surge de la nada. El poeta-robot es el último delirio prometeico de la especie. No escarmentamos, ni siquiera ante el castigo que sufre nuestro sumo benefactor atado a su roca, con el hígado hecho pedazos. Sí, Prometeo no sólo nos dio el fuego; nos lo enseñó todo, nos endiosó a su manera; tanto, que llegó a pronosticar por escrito la muerte de Zeus, dos mil quinientos años antes que Nietzsche la de Jehová. Ahora Prometeo, aun encadenado, trama nuestro golpe definitivo: la humanidad divinizada. Ah, seremos autómatas inmortales: entes con inteligencia artificial ajenos a la pelona, capaces incluso de producir poesía; no por vía sanguínea, sino matemática. Los engendros producidos por nuestro propio ingenio, con corazón nuclear y miembros neumáticos, serán capaces de una precisión tal, (también para escribir) que haga sentirse a los dioses meros observadores de nuestro progreso. Poetas y robots al mismo tiempo. Madre mía… Ay, Pablo, Pablo, seas o no un cíborg con disfraz de gato, ¿realmente no has dado nunca con alguien que se apiade de ti; que te explique el cómo y el por qué de la poesía; el para qué, sobre todo, el para qué? ¿Realmente te crees semejante cretinada, o intentas reírte de nosotros? ¿Quién te paga para que insufles tu delirio ingeniero donde menos se le espera? ¿O es que lo haces así, como si nada, divirtiéndote, pensando ya como maquinilla?

Preguntas retóricas de dudosa eficacia, las que dirijo al alegre técnico. Estos superdotados, cuando embalan, es porque han sufrido un daño irreversible. Pero ¿y ustedes, quienes amablemente me leen aquí…? Les propongo un pequeño inciso de la mano de Esquilo y su “Prometeo encadenado”, antes de seguir conmigo. Así hablaba el triple agente de titanes, dioses y hombres, cuando el mandamás lo sorprendió con las manos en la masa y lo encadenó a su roca:

PROMETEO. (Tras de un largo silencio.) No penséis que callo por arrogancia o altanería; pero un pensamiento me devora el corazón al verme así tan vilipendiado. En verdad, a estos dioses nuevos, ¿quién otro si no yo les repartió exactamente sus privilegios? Pero sobre esto callo; pues sabéis lo que podría deciros. Escuchad, en cambio, los males de los hombres, cómo de los niños que eran antes, hice unos seres inteligentes, dotados de razón. Os lo diré, no para censurar a los hombres, sino para mostraros la buena voluntad de mis dones. Al principio, miraban sin ver y escuchaban sin oír, y semejantes a las formas de los sueños, en su larga vida lo mezclaban todo al azar. No conocían las casas de ladrillos secados al sol, ni el trabajo de la madera; soterrados vivían como ágiles hormigas en el fondo de antros sin sol. No tenían signo alguno seguro ni del invierno, ni de la floreciente primavera, ni del estío fructuoso, sino que todo lo hacían sin razón, hasta que yo les enseñé los ortos y ocasos de los astros, difíciles de conocer. Después descubrí también para ellos la ciencia del número, la más excelsa de todas, y las uniones de las letras, memoria de todo, laboriosa madre de las Musas. Y fui el primero que até bajo el yugo a las bestias esclavizadas a las gamellas y a las albardas, a fin de que tomaran el lugar de los mortales en las fatigas mayores, y llevé bajo el carro a los caballos, dóciles a las riendas, orgullo del fasto opulento. Sólo yo inventé el vehículo de los marinos, que surca el mar con sus alas de lino. Y, mísero de mí, yo que he encontrado estos artificios para los mortales, no tengo artimaña que pueda librarme de la actual desgracia.

CORIFEO. Padeces un castigo indigno; privado de razón divagas, y como un mal médico que a su vez ha enfermado, te desanimas y no puedes encontrar para ti mismo los remedios curativos.

PROMETEO. Escucha el resto y te sorprenderás más: las artes y recursos que ideé. Lo más importante: si uno caía enfermo, no había ninguna defensa, ni alimento, ni unción, ni pócima, sino que faltos de medicinas morían, hasta que les enseñé las mezclas de remedios clementes con los que ahuyentan todas las enfermedades. Clasifiqué muchos procedimientos de adivinación y fui el primero en distinguir lo que de los sueños ha de suceder en la vigilia, y les di a conocer los sonidos de oscuro presagio y los encuentros del camino. Determiné exactamente el vuelo de las aves rapaces, los que son naturalmente favorables y los siniestros, los hábitos de cada especie, los odios y amores mutuos, sus compañías; la lisura de las entrañas y qué color necesitan para agradar a los dioses, y los matices favorables de la bilis y del lóbulo del hígado. Haciendo quemar los miembros cubiertos de grasa y el largo lomo, encaminé a los mortales a un arte difícil de entender y revelé los signos de la llama que antes eran oscuros. Tal es mi obra. Y los recursos escondidos a los hombres debajo de la tierra, bronce, hierro, plata, oro, ¿quién podría preciarse de haberlos descubierto antes que yo? Nadie, lo sé bien, a menos que quiera hablar en vano. En una palabra, sabe todo a la vez: todas las artes para los mortales proceden de Prometeo.

CORIFEO. No ayudes a los mortales más allá de lo necesario y descuides tu propia desgracia. Yo tengo buena esperanza de que un día, liberado de estas cadenas, no tendrás un poder inferior a Zeus.

Ya ven cuánto debemos a este prócer, que, por cierto, a su labor ingeniera añade la del brujo; y que no puede evitar del todo su inclinación poética. Porque eso de yo inventé el vehículo de los marinos, que surca el mar con sus alas de lino, implica al inventor y al poeta. ¿O no? Pero, como ya escribí en otra ocasión:

Cuidado. Aunque Prometeo nos haya puesto en la agenda divina, no podemos olvidar que él mismo es un titán, y que nada molesta más a los dioses que lo titánico del hombre. Decía Jünger: Siempre el mundo prometeico es a la vez un mundo del trabajo; en ningún lugar su titanismo salta tanto a la vista como cuando está activo en un trabajo infatigable de invención, en el ámbito de los pensamientos ingeniosos, de los talleres. Cuidado. Los dioses nos pueden castigar si tendemos al “eterno círculo”, pero también pueden hacerlo los propios titanes, si, redimidos por nosotros mismos, abandonan sus castigos y retoman las riendas del tiempo. ¿Cuánto querrían cobrarnos a los locos, que ayudados por el perfecto traidor, nos entregamos a Zeus, Pan, Apolo, y, lo que es peor aún, a Dionisos, para burlar al tiempo-bucle, y escapar de su indolente imperio hasta llegar a creernos verdaderos creadores? Cuidado. Si regresan los titanes, no habrá más que cacharrería. ¿Eterna? Y qué más da.

(Existirá una máquina purísima
copia perfecta de sí misma
y tendrá mil ojos verdes
y mil labios escarlata
no servirá para nada
pero tendrá tu nombre
oh eternidad

              Jorge Eduardo Eielson)

Cuidado. Mientras sea la oscura y todopoderosa imagen la que, desde el cerebro humano, dirija los aparatos, estaremos a salvo. Pero si la cacharrería se convierte en el fin mismo de nuestro ser, si nuestro tirón prometeico nos devuelve al titanismo más infantil y torpe, estaremos perdidos. Dejaremos de ser hombres… Ya, ¿y no dejaremos de serlo en cualquier caso? Bueno, si ha de vaciarse el ser, que se haga imaginando. Porque, ¿no sería una imperdonable estupidez haber llegado hasta aquí para entregarnos mansos; para, como diría Montesquiou (Robert de), expiar una extraña fechoría junto a un adocenado Prometeo, que de nuevo pene sujeto a su roca, pero esta vez por haber robado el frío?


Ay, Pablo, Pablo… ¿ves el poema de Eielson que cité antes? Eso (y para eso) es la poesía. Algo que no comprenderás nunca si no te enmiendas radicalmente; que nunca leerás escrito por tu robot, aunque te las arregles para que fluyan los números, extrañamente ordenados, por sus aseados cables. Porque pedir a la ingeniería que encuentre a la poesía, es como pedir a la urraca que dé con la trufa. Métete a tu poeta cibernético por donde ya sabes. Complace a los imbéciles que te pagan y promocionan con la creación de un robot estadista o periodista. La poesía… Mira, como indicó el poeta a un funcionario que mal vendía su obra sin conocerla ni merecerla: la poesía es como ese zeppelín que te sobrevuela. Cuando la veas moverse encima de tu cabeza, sencillamente déjala pasar, hombre. Nadie te pide más.



martes, 3 de enero de 2017

OTRA VEZ, BIENVENIDOS




Inicio el séptimo curso de mi cuaderno digital. Lo hago con la esperanza de que quienes me leen aquí de vez en cuando, dilaten su paciencia y su generosidad para conmigo. No sé si podré compensarlos, pero créanme, lo intentaré. Sé que no siempre voy con el tempo de los tiempos. Pido perdón por el crónico desajuste. Sólo espero que quienes decidan demorarse en alguna de estas anacrónicas pausas, reciban algo a cambio; aunque sea una idea peregrina que les sirva para soportar estoicamente la insolencia de los corredores. Ah, ¿cuántas veces harán ellos los cien metros planos, durante los quince minutos que ustedes se detengan aquí? En fin, mientras los sprinters aceleran de un lado para otro, los invito a ignorarlos, incluso a dispensarlos. Y para que lo hagan sin remordimientos, les propongo, con Althusser, esta reflexión: como no existe ninguna lectura inocente, digamos entonces de qué lectura somos culpables. Espero que leerme no los lleve al psiquiatra, como sí que llevaron sus lecturas al marxista argelino.  

Regreso de mi encierro anual con las manos llenas. No puedo vaciarlas aquí de momento, pero quiero corresponder a su complicidad con una pequeña muestra del trabajo realizado a finales de 2016: el primer acto del libro de poemas que acabo de escribir. Sean todos, otra vez, bienvenidos.



                         I


Donde fornican el áspid y el gorgojo.
Constelado tremedal. Atravesada
la gatera del firmamento: gemación. Trallazo
de Dios en las espaldas del cero. Y a la vez,
soplo que generoso nombra,
numera… La prole del gusano rampa
ante la casi-rosa. Aroma. Viveza. Ración
de cuerpo para el blando operario
que sólo caga tafetán si come tierra. Tierra
en flor… ¿A qué mundo te abres, muchacho,
entre divinas echaduras? ¿A qué
errancia sometido llegas?
(Toda imagen que formaliza es errante)
¿A dónde te asomas, si no al poema
que dé fe de tu arribo, tu trecho, tu salida?
Colócate la sombra y ándalo. Orienta
el ojo norte al vellocino. Clava
el ojo sur al cordobán. En tu órbita,
el levante y el poniente, ojos en elíptica patrulla
que desorbiten cuando lo demande
                                               el asimétrico relato.
Estamos al tanto, pero llegas solo.
Somos la comparsa de tu soledad: Algazara
que fecunda la semilla palabrera: agobio / mareo /
agitación / Amor. Colócate la sombra. Enfoca.
El horizonte huye, lo sé. El poema es apenas
(todavía) un trazo sordo de sangre, lo sé.
Aun así, navégalo. El costurón te guíe.
Poema como río que nace de un otero,
que va sin corrección probable. Perenne
sorteo del reposo para último solaz
de la gusanería. Poema que va… y lleva.
…La mañana se baña en tu cauce.
El botón que abrió en el tremedal
donde fornican el áspid y el gorgojo,
ya navega la arteria de su raza. Flor y sangre.
Rojiroja singladura hacia un destino de sal
(la geografía del final es blanca)
que no temen los botones mañaneros.
Corriente. Apenas corriente y prontitud
en el recial que colma tu apetito. La ribera
todavía no es ribera: pantalla que potencia
las notas de tu caramillo. Las piedras
todavía no son piedras: montículos de golosinas
que esplenden a tu paso.
El azul, un elusivo y tentador confín.
El verde, un coro costanero
que de momento oculta su vocación caduca.
El dorado, la drusa amelcochada
sobre una red de obstáculos que apetece.
…Tu caramillo resuena. No hay fondo
si la mañana se derrama extensa, todo
superficie ella, y los cuatro ojos integran
la prestantísima imagen de tu Luminar.
Vas y ves. No piensas. (Pensar es tener
ojos enfermos). No puedes pensar
en los albores del húmedo periplo. Flotas
en un agua discursiva que sin embargo
apenas te presenta la humedad.
Ni fondo, ni cielo, ni homilía.
No te hundes. No te empinas. Flotas.
Te llevan. Vas… Ya se vislumbra
el primer accidente: Una multitud
de pequeñísimas sombras, se codea con otra
de pequeñísimas luces. Ambas
palpitan sobre el agua apurada. Anuncian
la primera curva: Colina. Meandro
que te enfrenta a la primera frontera: Orilla
argumentada por el primer palenque.
Ahí estamos. Batimos palmas.
A tu través el río cumple su promesa.
En tu baño humaniza la paradoja.
No es el mismo, pero igual nos habla:
―Quien navega, va solo, sí, mas
debe validar en cada posta
el tolerado sinsentido de su viaje. Tú
no piensas. (Tienes los ojos sanos.) No
sabes que pensamos (nosotros, los cegatos). Sólo
ves que te aclamamos. En ti nos aplaudimos
para inflamar el reflejo resonante.
La curva es rápida, pero te regala la imagen
del entusiasta público. El río tal vez sea
la inundada pista de un circo. No.
Tú no piensas. El río se horizonta. No
cierra. No se detiene. A la mera humedad añade
un calor orillero. Nada más. Tu Luminar
rehace la perspectiva: Velocidad y fuga.
Naciste en tierra de víboras y picudos.
Habrá tiempo de pagarlo. Ahora no. Ahora río.
Corriente y caramillo. La prole del gusano
se relame. Su excitada glotis dispara
un aroma que no hueles. (Ves y vas.)
No debes temer mientras corra lo húmedo,
te lleve, te sostenga al margen del reposo
donde el pensamiento envera.
Crees que no estás solo, pero no cavilas.
Tu llanto es signo de la gemación. Sí, el público
debe enterarse: ―Cuando un botón estalle,
por favor, corred al río. Aplaudid, aplaudid
apostados en su primer accidente.


miércoles, 26 de octubre de 2016

ARROYO VIVO MÁS LUZ, DA BERROS





Como cada año cuando se acerca el invierno, cierro este espacio para dedicarme a la creación literaria. También como cada año, lo hago con algo de poesía, pensando que quizás sea ésta la mejor forma posible de agradecer su atención a quienes me leen aquí. Hoy comparto el séptimo pliegue de mi último poema: unigénito de Las posesiones del nómada, precisamente el libro que escribí a finales del año pasado.

Aunque se trata de un solo acto, seleccionado entre los diez que componen el referido libro, (un poemario sí, pero también un relato poético) espero que puedan disfrutarlo al margen del déficit narrativo que implica abstraerlo de su matriz.

No debo abundar mucho al respecto, pero sí decirles que se trata de una pequeña parte de la aventura que viven una cabra y un azor bastante atípicos. Seleccioné uno de sus episodios más problemáticos, al final del cual, sin embargo, hay razones para la esperanza. Entiéndase como una propuesta alegórica para el próximo cambio de año: Por mucha pendiente que se nos encime, empeñémonos en ver (también) el arroyo y la luz que se le oponen.

Hasta mediados de enero, me despido. Les deseo arroyo limpio más luz. Berros, les deseo berros.


La cabra ramonea. (El páramo,
ajustada la clavija pánica en pos del Unicornio,
como si se tratara de un cuerpo tendido
decúbito prono bajo un cascarón inerte,
ahíto y manso la surte). Conserva la memoria
de pájaro y árbol. A veces añora la sombra. Incluso.
Pero apenas tiene en cuenta ya que avanza
entre escopeteros-acreedores, que
por inmune que resulte a perdigón y deuda,
se mueve: bate espacio y dura.
(Quien comercia con los dioses
lo hace con el Tiempo; en Él, y con aquellos que
controlan su aorta al timón de la Historia
que para eso incoaron). Ramonea
pero va (¿Adónde?) Nodriza y amante
portentosa, parece libre. No lo es (a quien nada
conceden / los dioses, ese es libre.) Ramonea
preñada y guiada por el corno… El azor,
un cómplice receptor de dones. Participa
el apretón divino. Imagina y se alimenta.
De flores y ácaros. No vuela entre disparos
tras la comida. Anda o tripula la cabra.
Tampoco es libre… El camino
ya mostró sus hematomas, pero aún
guarda sus úlceras más graves.
Finito paripé. Ahí está:
La cabra se detiene. Ni alfombra ni cancel.
El páramo desploma. Se lía con la vertical
y un aristón atroz suplanta al horizonte.   
El corno no pausa. La cabra sopesa la vuelta.
(¿Adónde?) Sus pezuñas registran paisaje
sólo si avanza. El azor se le aferra al lomo.
Ah, el corno… No valen astucias.
En la otra cara del enorme hoyo, un joven
acarrea una piedra sin aparente sentido. Parece
dar una contraseña que las bestias no captan.
Las impulsa sin embargo. Deben abismarse,
tocar fondo, subir el paredón contrario. La cabra
no recibe señales de su macho. Sólo
el corno las emite (¿su otrora amamantado?).
Adelante. El primer paso,
terrible. El azor contesta la diagonal
a-garrado. No quiere volar. Teme
hacerlo después de tanto raso. No come
carne roja desde que viaja en cabra.
Sus alas podrían negarse, imagina. Imaginar
no siempre es provechoso. La cabra
arranca. Enfila el precipicio. El azor
a la grupa, de contrapeso. Con las alas
abiertas: entre vela y parapente. La cabra,
pezuña sobre piedra. Ni chista.
Contrae las ubres. La pendiente pasma.
Pezuña / piedra / medida / contramedida.
El azor estorba. ¿Tendrá que apearse?
Más vela que otra cosa, complica
el movimiento oblicuo. La cabra aguanta.
Sacudirse al azor entraña riesgos. La vertical
arrecia. El corno roza lo inmisericorde.
El hoyo aviva su resonancia. El joven
que acarrea la piedra en la pared enfrentada,
acelera. La cabra no. Sus pezuñas escrutan
en el risco (que encrespa progresivamente)
con un tiento milimétrico. La cabra
no estuvo tan tensa desde que aquel tirador
apuntara al carpintero, que sin pico,
daba vueltas alrededor de su tronco. No piensa.
(El corazón, si pudiese pensar, se pararía)
Late. Avanza. Hinca los corvejones
si hace falta, y frena. Sigue. El azor es un incordio.
Ni trípode ni caduceo. Los dioses no están. O sí,
pero no se ocupan. O sí, pero de sí.
Una cabra es una cabra, por muy tripulada
que vaya, por muy preñada que esté
del Contrahecho, por mucho Unicornio
que prometa… Los acreedores
quedaron arriba. La dan por muerta.
Se vuelven. A contracorno marchan.
No lo escuchan. La cabra sí. Si pudiera evitarlo:
―un árbol / una sombra / un pájaro / una cuerda
contra el mareo / el manto marrón
de siempre / el pienso / un dulce arsenal
de deudas / una muleta, por Dios… Delira
pero desciende. Cada paso, un milagro. Tropieza.
El azor cae. No, rueda. No, planea.
(Obligado te encuentres…) El azor vuela. ¡Por fin!
Lo profundo es el aire. Regresa
a por la cabra. A-garra su cruz. La alza
pero no puede cruzarla… Descienden al fondo
del abismo. (Si tiene fondo no es nada)
La cabra entonces no ríe. No intentará escalar
la otra pared. Un arroyo (su cauce seco)
zigzaguea contra la perspectiva. La luz
enroca en los puntos de fuga. No sobra. Basta.
Quizás el arroyo fluya pasado algún recodo,
en la tripa oscura de alguna caverna.
No habrá tiradores, seguro. Y quién sabe
si al final del sueño… un ojo de luz. Quién sabe.
No todo está perdido. El azor recoge las alas.
La cabra excreta para orientar a Pan. Anda. Sueña:
Arroyo vivo más luz, da berros.