verso

"El mundo no cierra todavía" (Jorge Tamargo)

jueves, 22 de noviembre de 2012

En este abismado limbo




(Había cerrado este blog hasta enero, pero la actualidad, esa insaciable pizpireta…)

  
                                                                      La realidad no me necesita.
      Pessoa  


       La actualidad me traga, pero no me digiere,
       me vomita.
                J. Tamargo


Todos debíamos sabernos necesarios. Todos lo somos en alguna medida. Puede que la realidad no nos necesite, que la actualidad nos vomite, pero ¿qué sería de la Imagen sin nosotros? ¿Y de Dios, su costilla favorita? “…de que Dios sea Dios soy yo una de las causas”, decía Eckhart. “¡Qué sería tu felicidad, radiante astro, si no tuvieses aquellos para los que brillas!”, decía Nietzsche. Todos somos necesarios, seguro, aunque sólo sea para que la Imagen disponga de una diversa y memoriosa incubadora, para que pueda seguir practicando la milagrera acupuntura en el seboso cuerpo que la sustenta y despide, para que calme la sed en la sucia garganta que la dice. Sí, todos somos necesarios, pero es recomendable que representemos en la Obra un papel que nos creamos. Si confundimos nuestro papel, si no atinamos a elegir bien entre actor, coro, corifeo o público, si practicamos un perenne transfuguismo entre estos roles, podemos resultar no sólo innecesarios, sino también inconvenientes, nocivos. ¿Y dónde deben colocarse los intelectuales? ¿Deben pagar la entrada al magnífico espectáculo? Ah, ¿quién le pone el cascabel al gato? No lo sé. Si supiera cosas como ésas, qué digo, si sólo pretendiera saberlas resultaría peligroso. No conozco el lugar idóneo para tan complicada curia. Tampoco sé si deben o no pagar la entrada. Pero si sé dónde me coloco yo, y, de momento, nunca pagué nada por un sitio tan mío. Tras la escena, en un rincón oculto y posterior, huroneando en la tramoya, observando el trasiego de las máscaras, leyendo el registro de éxitos y tomatadas, trabajando para que el arconte que lo representa no pueda arrebatar a Dionisos su tirso y reducirlo a vara, para que el público sepa que no tiene más que teatro donde ejercer su condición humana, para que los fabuladores entiendan que son un vehículo de humanidad imprescindible, para que cada discurso del corifeo, cierre tragedia o "comedia", no termine siendo una simple y sonora enmienda al simulacro, en pos de una verdad acolchada, cual cómodo cojín para las pomposas nalgas del acechante y come-bolas magistrado; trabajando, sí, para que cada aplauso reclame su eco, y cada eco alcance su intangible pero gallarda sustancia, su asible forma.                                     

Pero claro, en este cubículo se trabaja solo. No hay aquí ni una luz cegadora ni una amable penumbra. En este sitio, el único por el que no se paga, cada hallazgo es un trozo de oscuridad violentada, un flash que desnuda al numen para nombrarlo y, a cambio de nada, entregarlo descifrado al respetable. Ah, cómo fulgen en la orquesta las túnicas, cómo suenan los altavoces de esos pavos reales que se colocaron entre los actores y se inclinan ante el arconte; cómo emocionan en el graderío la indumentaria embarrada y el abundante manoteo de aquellos simuladores que, con guión alternativo, penetraron al público para solazarse entre desnortados y ruidosos olifantes. Qué lugares tan preciados, qué caros. En ellos, cada representación es aval, caricia, ovacionado arribo a una gloria minutada. Desde mi cubículo los veo. Aprendí a aceptarlos. Tiene que haber de todo, todos somos necesarios, me repito… Pero no resulto cómodo para ellos. En todas las Dionisíacas tocan a mi puerta con la misma cantinela: “A vivir que son dos días y uno está lloviendo... Si das tu donativo a nuestra causa, te hacemos un hueco en la actualidad, para que cantes o manotees, para que seas”. Pero si no les hago falta para nada. ¿Qué puede aportar a tan urgentes empeños, alguien que persigue sedimentos de historia en los archivos más recónditos del teatro, para buscar las causas profundas que explican la programación de cada temporada?  Si a mi la actualidad me traga, pero no me digiere, me vomita, les digo. Si habito un limbo inmune a las urgencias, ajeno a las autopistas y sus peajes, añado. Se enfadan. Los limbos son ámbitos de difícil comprensión para quienes pretenden cielos de usar y tirar, que duren escasamente lo que reverbera una leve palmadita. Mas ya se sabe, tiene que haber de todo. También limbos para aquellos vomitados por la actualidad. También algunos despistados que no se (con) centren en lo que todavía no ha precipitado, y mucho menos sedimentado hasta crear una costra sugerente, con solera bastante para exigir al tiempo una imaginaria, higiénica y compasiva pausa.

Y dirán algunos: “Ah, qué falta de compromiso con el corre-corre, con lo que tienes delante urgido de un título que valide su fuga, su paso por la nada”. Pero si ya hay muchos que lo hacen, que además poseen una notoriedad suficientemente inductiva como para influir en escena y graderío, para satisfacer a unos y otros con su comida rápida, con su “menú del día”. ¿Por qué íbamos todos a ocuparnos de lo mismo? No. Creo sinceramente en lo que hago. Son míos el limbo y el cubículo, y desde ellos, aunque pocos me atiendan, para todos trabajo. Alguien tiene que sugerir, al margen del guión, el posible origen de la trama, la posible explicación de su sostenido ardor. Alguien tiene que intentar unir el éxodo del estreno con el prólogo de la última función. Alguien tiene que alejarse de la contingente bulla que acompaña a la versión albricia, para escuchar el eco sereno de sus antecesoras… Eso hacemos algunos descarriados en cubículos muchas veces ignotos, en limbos casi siempre abismados, rodeados de tercos peligros. Por eso, amigos y lectores, si leen mi nombre en el pórtico o la trasera de alguna caravana que acarree festinadas urgencias, si leen mi nombre en alguna pancarta esgrimida alegremente en la grada o en la escena de la obra que hoy se representa, pregúntense qué pudo suceder, porque seguramente la actualidad, en casos como ése, pudo haberme digerido por error, no haberme devuelto equivocada. Y aunque el mismo poeta citado al inicio escribió “...no precisan de fieles/ quienes de sí lo han sido”, espero que los “cuatro” que me siguen, que me creen, sólo lean mi nombre donde conmigo se lee. 


         
 

2 comentarios:

  1. Querido amigo mío:
    No sé si todas las personas que te leen aquí saben el motivo por el cual la actualidad te empujó a este post. No importa. Lo que en verdad importa, al menos es lo que pienso yo que sí que conozco el fondo de las cosas, es que te quedaras tranquilo con estas palabras que has escrito para que las lean sólo los que habitualmente te leen, en donde te haces leer y como te haces leer. ¡Queda claro que fuera de ahí no hay que buscarte! ¡Queda claro que si allí te hallamos, no eres tú, sino la sombra que esa actualidad quiere que proyectes en ella! Y en esa sombra no te vemos... no te vemos... Un gran abrazo. Con todo mi cariño.
    Luis Enrique

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  2. Gracias, amigo, muchas gracias. Tu nota, como siempre, es una inteligente caricia. ¿Quién no necesita algo así de vez en cuando? Afortunado yo que cuento con amigos como tú, que jamás regatean tan reconfortante y escaso gesto. Te abrazo. Jorge

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